Santos para futboleros, futbolistas, jugones y chupones: el partido de nuestra vida
Por Calixto Rivero ·
Te receto un santo
Consulta de medicina espiritual
℞

Paciente: tú, que vives el fútbol con el alma
Diagnóstico: final de Mundial sin catequesis
Prescripción: Carlo Acutis, Benedicto Daswa y Luigi Scrosoppi
Posología: un partido de vida, con deportividad. Repetir cada domingo.
Empiezo a escribir estas líneas en el metro, camino del trabajo, horas después de que España se proclamara campeón del mundo en el Mundial 2026. No sé cuándo las terminaré porque, como suele decirse en España, “noches alegres, mañanas tristes”. Mi hijo Manuel, de apenas dos años y medio, empezó a gritar ayer, de vuelta de la piscina: “¡Viva el Papa! ¡Viva! ¡Viva el Papa! ¡Viva!” Normal. La última vez que vio tanta bandera de España y tanta gente junta por la calle fue hace poco más de un mes, cuando fuimos a ver a León XIV por las calles de Madrid. Le expliqué que era el día de la final de España y aún así continuó gritando con todas sus fuerzas: ¡Viiiva el Papa! ¡Viiiva! ¡Viiiva! Su madre y yo nos reíamos a carcajada limpia.
Mi primer Papa fue san Juan Pablo II, quizás por eso le tengo un cariño especial. Además de Sumo Pontífice, fue santo, futbolero y estaba muy pegado a su tiempo. Recuerdo como si fuera ayer como dijo en su última visita a España en 2003, cuando yo era aún un adolescente, que “se puede ser moderno y profundamente fiel a Jesucristo”. El primer sucesor de Pedro polaco consideraba que el deporte era una parte esencial del desarrollo integral de la persona: “Ojalá que el fútbol como todo deporte se convierta más en la expresión del primado del ser sobre el tener”. ¡Cuánto nos jugamos en ser y no en tener, hacer, aparentar, cumplir, pensar…! Dirigiéndole a la FIFA, recordó al mundo del futbol en una ocasión el salmo 125: «Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares» (Sal 125, 5). Y continuó explicando: “Para tener éxito en la vida es preciso perseverar en el esfuerzo. Quien practica el deporte lo sabe muy bien. Sólo a costa de duros entrenamientos se obtienen resultados significativos”.
Por algo San Pablo decía a los habitantes de Corinto, que celebraban una especie de Juegos Olímpicos, los juegos ístmicos, que «los atletas se privan de todo; ellos para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita» (1 Co 9, 25). Juan Pablo II decía en esta misma línea que Jesús “es el verdadero atleta de Dios; Cristo es el hombre «más fuerte» (Mc 1, 7), que por nosotros afrontó y venció al «adversario», Satanás, con la fuerza del Espíritu Santo, inaugurando el reino de Dios. “En el estadio todos corren, aunque sólo uno gana: corred así también vosotros…”, insistía San Pablo.
Mientras escribo esto he echado un vistazo de vez en cuando a las redes sociales. El algoritmo me muestra muchos católicos compartiendo el testimonio de fe de Luis de la Fuente —que interesante sería que esto no solo me llegara a mí sino al que no cree y que a mí también me llegaran otros puntos de vista, ¿verdad?—. No obstante, he leído algunas frases del seleccionador español que reconfortan: “Rezo todos los días, pero no para pedir resultados sino para dar gracias”. “Soy católico y mi fe me ha permitido ser la persona que soy hoy”. Ferran Torres, el autor del gol que no dio la victoria, ha afirmado que Dios le da las fuerzas para seguir y que ha llevado consigo durante la competición una cruz y una estampa de una virgen. Sin embargo, una frase suya que muchos han alabado me ha contrariado un poco: “Dios siempre da las cosas a quien las merece”. Tengo la sensación de que ocurre precisamente lo contrario. Me acabo de acordar de una anécdota de Santa Teresa de Jesús, que se quejaba un día de lo mal que la trataba el Señor con enfermedades, problemas, arideces… En la oración, Jesús le respondió:
—Teresa, así trato yo a mis amigos.
La santa de Ávila, una mujer de carácter donde las haya, le respondió:
—Ay, Señor, por eso tienes tan pocos.
La final de un Mundial, uno de esos partidos de fútbol que marcan una época, una catequesis en toda regla. Si san Ignacio de Loyola viviera hoy seguramente explicaría una de sus meditaciones más famosas, incluida en su libro Ejercicios Espirituales, sobre un terreno de juego. Pero como en el siglo XVI no existía el balompié, utilizó la metáfora de dos ejércitos enfrentados para escenificar la batalla espiritual que ocurre en el corazón de cada persona.
En la meditación de las dos banderas, san Ignacio enfrenta dos ejércitos: el de Cristo, sumo capitán y Señor —si trasladáramos la escena a la final del Mundial, la selección española—, y el de Lucifer, enemigo de la naturaleza humana —por sus malas artes en la final, representado por Argentina—. Más allá del guiño futbolístico, el santo de Loyola invita a imaginar dos grandes campamentos: uno en Jerusalén y otro en Babilonia, con sus respectivos capitanes. Para un hombre del siglo XVI la escena era perfectamente reconocible, banderas, soldados, capitanes y un campo de batalla dejaban claro de qué lado estaba cada cual.
¿No es nuestra vida algo parecido a esto? Estamos en una batalla constante entre el destello del neón, que aparenta iluminar pero que hace las noches aún más oscuras, y la Luz auténtica, un Sol que es capaz de iluminar los espacios más oscuros del alma. En el campeonato de la vida, todo se decide en los pequeños detalles: cómo tratamos a los que tenemos al lado, si damos los buenos días, una sonrisa, si ayudamos al que se ha caído a levantarse, cómo celebramos las victorias… También podemos vivir, como los argentinos en el Mundial, dando empujones, patadas y con gestos de soberbia ¿Qué camiseta llevo cuando nadie me ve? ¿Busco ser un chupón, o servir al equipo? ¿Necesito likes o aplausos ante cada cosa que hago o soy capaz de hacer el bien y desaparecer? ¿Juego para mi mismo o para algo y Alguien más grandes que yo?
Pero las malas artes en el futbol no es algo solo de argentinos. Justo el día en el que en Madrid dos millones de personas recibían a la selección, leía que en Usera, un barrio de la capital, 26 personas habían terminado detenidas tras una reyerta en un partido amistoso de futbol.
Por el contrario, hay un gran catálogo de santos futboleros que han demostrado que es posible jugar en el equipo correcto de la historia. San Carlo Acutis, un adolescente fiel seguidor del AC Milán, que jugaba partidos, normalmente de portero, con sus amigos y creía que el deporte rey era un lugar ideal para entablar amistades sanas y genuinas. Cuando se murió, con apenas 15 años, su funeral se llenó de personas sin hogar, inmigrantes y gente necesitada a la que Carlo había ayudado con discreción, que se acercaban a su madre para darle las gracias.
ImprimaturEl beato Benedicto Daswa, futbolista, entrenador y fundador de dos equipos locales, que utilizó el fútbol en Sudáfrica como una herramienta para guiar, educar y apartar de la delincuencia a los jóvenes de su comunidad. En su primer equipo, tras sufrir varias derrotas consecutivas, algunos de los miembros del equipo optaron por contratar a un hechicero local para usar «muti», medicina tradicional africana, con el objetivo de ganar los partidos. Pero el beato Daswa, como san Ignacio, tenía claro cuál era su Capital y se marchó, fundando otro equipo, sin dejarse llevar por el desaliento. En el nuevo club prohibió de forma estricta cualquier amuleto, trampa o práctica ajena a la moral cristiana, promoviendo la disciplina y el esfuerzo honesto. Su lucha contra la superstición le acabó costando la vida. En 1990 fue asesinado, lo que le llevó a ser proclamado el primer mártir de Sudáfrica.
Aunque cuando vivió no existía el futbol moderno como tal, san Luigi Scrosoppi fue elegido por el Vaticano en 2010 como el santo patrón de los futbolistas. El sacerdote italiano, que vivió en el siglo XIX, se hizo famoso por dedicar su vida a rescatar niños huérfanos y necesitados, a los que en muchas ocasiones hacía disfrutar inventándose juegos con la pelota. Es común encontrar figuras o estatuas de San Luis Scrosoppi sosteniendo un balón de fútbol.
Pero hay mucho más, como san Alberto Hurtado, que practicó el futbol en su juventud en Chile y que es conocido por la frase “dar hasta que duela”. O san Pier Giorgio Frassati, un joven que murió con apenas 24 años, muy aficionado al alpinismo, que también echó algún que otro partido de futbol con los amigos y que dedicó gran parte de su tiempo a visitar a los pobres en Turín. Hasta una mujer como Santa Dulce de los Pobres, una religiosa brasileña que tuvo una vida heroica de entrega a los pobres, y que era seguidora del Esporte Clube Bahía, el mayor club de su ciudad. Aunque en realidad Santa Dulce, más que aficionada al fútbol, era un mujer lista: lo que más le gustaba del deporte que levanta pasiones en su país era las oportunidades que le brindaba para recaudar fondos.
Como he cargado bastante las tintas contra los argentinos en este texto —si nos atenemos al Mundial, con razón—, quiero concluir esta historia de santos para futboleros, futbolistas, jugones y chupones, con san José Gabriel del Rosario Brochero, más conocido como el Cura Brochero. Este sacerdote, que vivió a finales del siglo XIX y principios del XX, tenía un espíritu deportivo que no le cabía en el pecho: recorría miles de kilómetros en caballo y en mula en Argentina para visitar enfermos y administrar los sacramentos en lugares remotos; se empeñó en construir caminos, puentes y escuelas convencido de que no solo hay que hablar de Jesús sino trabajar con ahínco para mejorar las condiciones de vida del prójimo, y atendía a los enfermos durante las epidemias, sin temor al contagio. Esto último me da para otro artículo.
Mi amigo Esteban, que vino a casa a ver la final del Mundial y que siempre le digo a mi mujer que es un santo varón, colgó ayer en su estado de Whatsapp una imagen que, aunque estaba hecha con Inteligencia Artificial, me gustó mucho: un cáliz en medio de un estadio de futbol y una leyenda: “La verdadera copa del mundo”. Los santos futboleros y futbolistas tenían claro que lo que contiene esa copa, la sangre de Cristo, es lo único capaz de cambiar nuestras vidas para siempre: “Yo he venido para que tengan Vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).






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