La noche oscura: santos para personas con insomnio o con problemas que no le dejan dormir
Por Calixto Rivero ·
Te receto un santo
Consulta de medicina espiritual
℞

Paciente: tú, que das vueltas en la cama
Diagnóstico: noche oscura
Prescripción: san José dormido, san Juan de la Cruz y santa Teresita
Posología: el salmo 4 antes de dormir. Repetir cada noche.
Llevo dos noches durmiendo muy poco. Cuando escribo estas líneas, atravesamos la cuarta ola de calor en Madrid y Teresita, que solo tiene un añito y que llevaba un mes durmiendo casi de seguido por primera vez en su vida, lleva dos días con unas décimas de fiebre que me han obligado a levantarme a su habitación cada poco tiempo para acunarla. Aunque la falta de sueño por la crianza de los hijos no es lo mismo que el insomnio prolongado, que también sé bien lo que es. Hace unos años —casi diez, ¡cómo pasa el tiempo— viví una gran crisis, una especie de “noche oscura”, que me hizo pasar muchas noches rumiando ideas y ninguna buena. Gracias a Dios, ¡esa noche ya pasó!
Cuando hablo de “noche oscura” lo primero que me viene a la cabeza son los primeros versos del poema de san Juan de la Cruz: “En una noche oscura, con ansias en amores inflamada ¡oh dichosa ventura! salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada”. Se han escrito muchas interpretaciones psicológicas de la experiencia del santo de Ávila, pero lo que a mí me interesa es ir a la experiencia más profunda, la del alma, cómo pasar de la “noche oscura” a la “casa sosegada” ya sea que estemos atravesando periodo en el que no podemos dormir; una etapa de depresión, ansiedad, acedia o gran tristeza, un duelo o una enfermedad, nuestra o de un familiar, que nos supera.
San Juan de la Cruz puede hablar de “noche oscura” porque vivió muchas de ellas y muy concretas. En diciembre de 1577 fue secuestrado por carmelitas contrarios a la reforma impulsada por santa Teresa de Jesús y lo encerraron en un convento de Toledo durante unos ocho meses con condiciones muy extremas: una celda de pocos metros completamente oscura, donde solo entraba luz por una ventana minúscula y en la que dormía en una tabla. Apenas le daban de comer, sólo le sacaban para azotarlo públicamente y vivía prácticamente aislado. Me imagino a san Juan de la Cruz saliendo de aquella celda como a José Antonio Ortega Lara, secuestrado 532 días por ETA en 1996 y en 1997.
San Juan de la Cruz no concluyó que su experiencia traumática en aquel zulo fuera algo bueno sino que lo vio como una oportunidad para encontrarse con Dios. Eso es lo que siempre hacen los santos: ahogar el mal en abundancia de bien, una frase de san Josemaría Escrivá que siempre me ha ayudado mucho. La oscuridad para san Juan de la Cruz protege al hombre de todo lo que le distrae de Dios. Ayer leí que un periodista conocido, en un trayecto tonto de vuelta a casa, había sufrido un accidente de moto que casi no cuenta. Me lo he imaginado por momento en el hospital, con muletas, intentando ponerse en pie de nuevo… ¿Qué es lo que le ocurre a alguien que le cuesta sostenerse en pie y le quitan las muletas y el bastón? En primer lugar, se cae, pero es la única manera de que vuelva a recuperar el equilibrio. Los niños pequeños también aprenden así. A veces en la vida espiritual ocurre así: aunque parece que Dios está más lejos que nunca en nuestras noches oscuras, de insomnio, en los duelos o en la enfermedad, la paradoja es que si sabemos mirar con los ojos del alma descubriremos que está más cerca que nunca. A veces Dios también nos quita las muletas, se aparta un poco, para que ganemos confianza y aprendamos a caminar.
Pero san Juan de la Cruz no solo habla de la ausencia de consuelo espiritual sino también de la sensación de abandono que podemos llegar a sentir, de la conciencia de la propia pobreza, del silencio cortante de Dios… La diferencia de esta experiencia con la enfermedad mental es difusa, pero aunque en ocasiones ambas cosas se entremezclan, y es necesario iniciar un proceso terapéutico que nos ayude a ordenar nuestras emociones, la clave es precisamente que en ocasiones, cuando miramos con las gafas de Dios lo que nos pasa, descubrimos que en ocasiones tenemos que, por qué no, a veces nuestras noches son luminosas y el problema es que estamos cegados de una luz que nos supera y que en esta vida solo podemos ver con los ojos del alma. Y es entonces cuando somos capaces de darnos cuentas de que aquella crisis que vivimos fue el comienzo de una vida mucho más luminosa o de que aquel defecto que nos atormenta es, en realidad, una oportunidad para entender mejor a otros que han pasado o pasarán lo mismo que nosotros.
Como explicaba san Josemaría, no es que Dios quiera el mal, sino que a veces solo vemos el tapiz del revés: hilos deshilachados, remiendos y ataduras, y no la obra de arte que Dios está tejiendo con nuestra vida. Y entonces, ¡y solo entonces, podremos dar gracias a Dios no solo porque nuestra noche oscura sino por precisamente haber vivido esa noche que nos salvó. Siempre que reflexiono sobre esta idea me viene a la cabeza esta frase que me encanta de la Vigilia Pascual: “¡oh feliz culpa que mereció tal y tan grande redentor”.
Pero esto no significa que debamos que, como suelo bromear con mi hermano, tengamos que estar alegres y reírnos cuando estamos tristes. La bienaventuranza es “bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”, no “bienaventurados los que ríen o ponen buena cara cuando en realidad quieren llorar”. En ocasiones, en asuntos de fe, parece que, cuanto peor, mejor. Y no es así. Santa Teresa de Jesús, famosa por sus fundaciones, insistía en que una priora debía cuidar que las hermanas enfermas descansaran bien porque, decía, “no somos ángeles sino tenemos cuerpo”.
Hay muchos santos que han pasado por problemas de sueño. Algunos como santa Catalina de Siena que, según contaba su confesor, no podía dormir en ocasiones más de una hora, San Alfonso María de Ligorio que, cuando era ya mayor, tenía que dormir sentado porque tenía fuertes dolores cervicales y en la espalda y otros como el Padre Pío de Pietrelcina que aprovechaban las horas de sueño para celebrar misa y rezar. También cuenta san Ignacio de Loyola como, tras su conversión, sufrió una crisis obsesiva que le llevó a pasar noches enteras sin dormir, obsesionado por los escrúpulos, que es como se conoce en la iglesia a la inquietud excesiva en la propia conciencia. Santa Teresita, que también vivió un periodo en el que, según cuenta, “Jesús permitió que mi alma fuese invadida por las más espesas tinieblas”, también paso noches sin descansar nada cuando tuvo tuberculosis en 1896, con fiebre nocturna, sudores, tos aguda y problemas para respirar, que cuentan las enfermeras que se convirtieron en una escuela de paciencia para la santa francesa. “No me arrepiento de haberme entregado al Amor”.
ImprimaturTengo en mi mesita de noche una imagen de san José dormido que hizo popular el Papa Francisco, bajo el que ponía papelitos con sus preocupaciones para dormir tranquilo. Pidamos antes de acabar la intercesión de san José, a que Dios le habló más de una vez, a través de los ángeles, en los sueños. Al menos, que se sepa, cuatro veces: cuando recibió la noticia de que la Virgen María estaba embarazada, tras la visita de los reyes magos, cuando Herodes muere para avisarles de que es seguro volver y cuando recibe el aviso de que se desvíen en Judea y se instalen en Galilea. Si esta noche te cuesta dormir, y estás cansado de contar ovejitas, quizás te ayude recitar el salmo 4 completo atribuido al rey David, que también es venerado como santo. Especialmente el último versículo: “Me acuesto en paz y en seguida me duermo porque sólo tú, Señor, aseguras mi descanso”.






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